Posteado por: socarraoii | 04/08/2018

El filo thai

Una cosa como ir a comprar el pan, cuando vives en un barco, se puede convertir en toda una aventura. Aquí, en Tailandia, no es habitual comer pan. Su base es el arroz. Y esto pasa en más culturas de las que los europeos nos solemos imaginar.

Bueno, el rollo de siempre: baja el dingui, ínflalo, pon el motor fueraborda, que arranque, remos, achicador; mete el dinero, el pasaporte y el teléfono dentro de una bolsa de plástico dentro de una bolsa estanca; revisa que el barco está seguro en el fondeo, un vistazo a la amarra que sujeta la cadena; acuérdate de coger los zapatos. Sólo la logística ya lleva un tiempecito, aunque lo tengas de por mano. Una vez en tierra, hay que localizar un lugar seguro para dejar el dingui. La caminata hasta … ese lugar indefinido donde pretendemos aprovisionarnos, que puede variar en forma y contenido, desde un gran centro comercial a una manta en el suelo … puede ser corta, larga o muy larga, eso si tienes suerte de que es accesible a pie.

Ya de vuelta, tras varios kilómetros a pie y con barra de pan incluida, y lo que podemos cargar, por supuesto no vamos a hacer todo esto por una barra de pan, el calor de los trópicos nos invita a darnos un regalo de sombra. Desde aquí controlamos el barco y el dingui, todo parece estar seguro. A nuestra izquierda, la gran playa de Patong; detrás nuestro, escondidos entre un contenedor de basura y una furgoneta, una joven pareja se cambia de ropa para lanzarse a la arena. Ella se deshace en un periquete del burka que cubre todo su cuerpo, bajo el que escondía un atrevido conjunto playero. Él hace lo propio con sus vestimentas y, al deshacerse de su chilaba, descubrimos su afición por el R. Madrid de baloncesto, del que luce su camiseta. Apresurados, corren hacia la arena mientras, cogidos de la mano, se aprietan el uno con el otro y miran nerviosos a todos lados, preocupados por si alguien les observa. No se dan cuenta de que, a menos de 5 metros, nosotros somos testigos de todo. Se paran al filo de la arena, un instante, y el siguiente paso, todo un universo para ellos que no importa a nadie.

Su gozo va a durar bien poco. Los trópicos son imprevisibles. Cuando hace tanto calor, es habitual que después caiga un chaparrón. Y éste viene cargado. Todos a correr. La calle se llena de agua y se vacía de turistas. Una vecina vuelve a casa, como nosotros, cargando la compra. Su hijo pequeño, de 4 o 5 años, juega en los charcos, estrenando sus botas de agua. Su madre, para meterle prisa, le dice: corre, entra en casa, que te lleva el hombre blanco. El pequeño gira la mirada hacia el fondo de la calle, por donde caminan dos jóvenes turistas: rubios, altos, enormes, inflados de anabolizantes, llenos de tatuajes, sin camiseta, descalzos, con los bañadores caídos enseñando el tarjetero y, por supuesto, cada uno con una cerveza en la mano. El pequeño cachorro, huye despavorido hacia su guarida. Pero en la huida, con el despiste de su juego, ha perdido un tiempo precioso y la puerta se cierra, quedando atrapado y con su paraguas como única protección. El pavor en su rostro no deja duda, va a empezar a llorar. Su madre abre la puerta de nuevo, lo rescata y, entre risas, al comprender lo ocurrido, nos hace cómplices con una mirada.

Son cosas del día a día que te hacen reflexionar. Estando lejos de lo que conoces y ocupando un lugar diferente al que estabas acostumbrado, la perspectiva de las cosas cambia por completo.

Podemos entender con facilidad que el vecino, el domingo por la mañana, limpie su coche enfrente de su casa. Cosa muy normal. Aquí en Tailandia, el domingo por la mañana, el vecino, delante de su casa, lava el elefante. Cosa normal.

Vuelta a casa después del trabajo

Vuelta a casa después del trabajo

La incultura se cura leyendo y el racismo, viajando. La frase no es nuestra, no sabemos de quien es. Sin menospreciar su gancho comercial, esconde en si un sinfín de matices que nos pueden ayudar a explicar cómo pueden ser de diferentes las percepciones e interpretaciones culturales.

La incultura se soluciona leyendo. Damos por supuesto que quien no sabe leer es un inculto. Incluso el que sabe leer, también lo es. Hasta el que lee poco es sospechoso. Un pescador que fabrica sus anzuelos a mano, con la espina de una raya, conoce el mar, los peces, las temporadas de pesca, que construye a mano su piragua y cose a mano su vela de sacos de arroz, y que alimenta con ello a su familia, podemos decir que ese pescador es inculto? Es sólo cultura lo que se puede comprar, un libro, conexión a internet?

El racismo se soluciona viajando. Viajar, no hacer turismo, inevitablemente nos va a cambiar nuestra perspectiva de las cosas. Tan seguros estamos que nos va a gustar lo que vamos a ver? A una isla de cultura gastronómica caníbal, la frase no le queda muy acertada.

Aún y así, la frase esconde una cierta certeza. A más lees, más amplías tu cultura. A más viajas, más contacto tienes con otras razas. Nadie nace racista, es algo que se adquiere. Puede ser leyendo. Puede ser viajando.

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Buda, la inspiración de otra cultura

Volvemos al Socarrao. El pan servirá para hacer migas, pues está chorreando.

Nos olvidamos de cerrar el tapón de la gasolina del fueraborda y, con semejante aguacero, entró agua en el depósito. Nada, 40 minutos de remo y una hora y media para desmontar y limpiar el carburador. La cosa no acaba aquí. Ya a bordo, nos damos cuenta que hemos recibido la visita de algún ladronzuelo que, con escaso tiempo al parecer, sólo se ha llevado unas cajas de tornillos que habíamos dejado en cubierta para hacer presión sobre unas tablas encoladas por la mañana. Al final no va a ser hoy tan buen día. Sospechamos más de un velero que estaba fondeado a nuestro lado y que ya no está (y del que no diremos la bandera, pero si pensáis mal, acertareis) que de los lugareños, pues el hurto está muy mal visto y si te pillan te cortan una mano, lo que da mucho qué pensar.

Tailandia atrae turistas de todo el mundo que visitan esta sorprendente cultura. Sus selvas, sus playas, su naturaleza y sus monolitos de piedra que emergen del mar hacen de este lugar un destino obligado.

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Cada isla alberga fauna y flora única

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Lugar de ensueño

Aunque, sin duda, lo que más atrae es su desenfreno y libertinaje. Capital mundial de los transgénero. Parece ser que aquí puedes encontrar los mejores cirujanos plásticos al mejor precio. Sólo hay que darse una vuelta por la noche para ver verdaderas obras de arte. Aunque claro, la silicona de alta calidad es cara y de alguna manera hay que pagarla, así que los cuerpos se venden por todos los rincones.

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Noche en Patong

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Moai thai, deporte número uno

Aparte de esta realidad de masajes, plantas psicotrópicas (el cannabis es originario de aquí) y setas psilocibinas, como en el resto del mundo, la gente hace su vida.

En el cambio de fondeo encontramos unos pescadores de gambas a la deriva porqué les falló el motor. Los remolcamos hasta su pueblo. En el mar hay que ayudarse. Es una ley no escrita que ojalá perdure siempre.

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Remolcando

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Tripulaciones

Nos invitan a su casa. La amabilidad tailandesa puede llegar a ser desbordante. Llegada la cena, todos los miembros de la familia, sentados en el suelo a nuestro alrededor, pelan cangrejos y gambas, y los dejan ahilerados al borde del plato para que comamos, haciéndonos sentir un poco incómodos, pues no sabemos cómo decirles que vamos a explotar de tanta comida. Nos ceden su cama, su casa y sus motocicletas. Realmente encantadores. Para corresponderles, al día siguiente hacemos una paella que ellos bautizan como la pizza española y de la que no queda ni un grano.

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Paellando

Entenderse en esta lengua es muy difícil, suerte del traductor del google. Por ejemplo, cuando nos preguntan de dónde somos (en inglés, claro) y decimos Spain, ellos contestan algo que nos suena a Japón, nosotros repetimos Spain, y ellos sí sí Japón. No sé dónde nos han visto la cara de japoneses. Y es que en su manera de pronunciar sonaría algo así como sapan porqué la s sola a principio de palabra se pronuncia sa y ai se pronuncia como una vocal que no conocemos. Total que nos suena a Japón. Un hartón de reír. Es un idioma muy complicado y a la vez muy bonito. Sólo cambiando la entonación cambia el significado. Después de mucho esfuerzo, conseguimos decir las cuatro cosas de siempre: hola- sauatdi, gracias- kopunka, vale- ka.

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Embarcación típica tailandesa

Entre tanto recibimos la visita de Benito, Maricarmen y Lucía, el hermano de Kiku, la cuñada y la sobrina, que llegan justo el día después del fallecimiento del octogenario rey de Tailandia y en plena temporada de lluvias. Así que tienen que conformarse con agua del cielo en vez de cerveza, pues el duelo de un año entero que se ha decretado no permite la venta de alcohol en los bares; eso en teoría que luego ya se sabe… Con ellos visitamos la isla de Phi Phi, considerada una de las más bonitas y donde se rodó la película La playa. También visitamos algunos parques naturales donde vemos monos, zorros voladores, águilas calvas y el rumiante más pequeño del planeta, al que llaman ciervo-ratón y que no sobrepasa los 40 cm. Como pasa siempre cuando estás bien, la visita se hace muy corta.

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De este país podríamos estar hablando horas enteras, así que volvemos a la náutica, que es lo que nos ocupa.

Tailandia es un punto crítico para los barcos y sus tripulaciones. Seguir adelante es una dura decisión, pues poner rumbo al oeste no augura nada fácil.

El Índico impresiona con sus historias de piratas, de fuertes vientos y ola corta, y de países con situaciones permanentes de guerras, pobreza, sequías, hambruna y conflictos políticos y sociales. Es tan malo el panorama que muchos veleros finalizan aquí su viaje. Quien no contrata un capitán para que devuelva el barco a Europa, lo transporta en un carguero, lo vende o incluso lo regala. También hay quien se queda aquí atrapado indefinidamente. La ruta Phuket (Tailandia)-Lankawi (Malasia) es un clásico de veleros arriba y abajo para renovar visa: aguas tranquilas, mucho fondeo fácil, barato; tantas cosas buenas hacen más difícil, si cabe, la decisión de zarpar hacia lo incierto.

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Hay que estar pendiente de la marea

Hacia el oeste sólo hay dos opciones: el mar Rojo o Sudáfrica.

El mar Rojo es una ruta peligrosa, plagada de piratas (sí, sí, todavía hoy en día; la retirada de los barcos militares que patrullaban la zona ha traído el retorno de los ataques) y fuertes vientos, de 50 nudos o más, que, sin avisar, te pueden dar un buen disgusto. Si no que le pregunten al Piropo, a quien una ola tumbó, arrasándole la cubierta y casi hundiéndolo. Aunque mejor lo leéis en su blog, que lo explicará con más detalle cuando se anime.

La ruta por Sudáfrica implica bajar hasta los 35S, enfrentarse a la corriente oceánica más potente del planeta y a vientos que llegan a 60 nudos con facilidad.

Al final, esta pereza en las decisiones y esta depresión de los que acaban el viaje acaba contagiándose. Zarpar se hace cada vez más cuesta arriba.

Nosotros, de momento, seguimos al oeste. A ver si, en las próximas millas, el ambiente salado nos refresca y aclara las ideas.

El paso entre Sumatra y Adaman nos dejó muy tocados psicológicamente. Veremos si con este segundo intento, en fechas más propicias, llegamos al menos a Sri Lanka, antigua Ceilán y capital mundial del té.

Dejar Tailandia ya va a ser una gran proeza. Y avanzar en este blog, una deuda pendiente. Así que ahí vamos.

Kopunka por vuestra paciencia.

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Responses

  1. Muchas gracias por compartir tus experiencias con nosotros, las disfrutamos y aprendemos un monton con cada uno de tus relatos. Espero esten bien, ya adaptados a la vida en tierra firme nuevamente. Planeamos cruzar el Atlantico en Taima en Mayo y disfrutar del Mediterraneo el Verano que viene asi que esperamos verlos en un futuro no muy lejano.
    Un gran abrazo,
    Marianna & Jorge (Taima)


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