Panamá, ciudad de Colón. Aquí está la entrada, o la salida, del canal que une, para los barcos, el Atlántico con el Pacífico.
Salimos rumbo a Bocas del Toro por segunda vez.
La primera, a 40 millas, tuvimos que dar la vuelta por un problema eléctrico en el encendido del motor. La alta humedad de esta zona causa estragos en la instalación eléctrica, que ya tiene una edad.
Las aguas se mueven en dirección W-E. La corriente, que puede llegar a tres nudos, y de hecho llega, pues la hemos sentido, y el escaso viento no nos dejaron más alternativa que regresar a Colón, a vela por supuesto. 32 bordos fueron necesarios para llegar al fondeo delante del Club Náutico Caribe, esquivando petroleros y cargueros fondeados y en marcha, dirección al o del canal. Pero bien al fin y al cabo. Aunque nos llevamos un par de buenos bocinazos, cuando con 8 nudos de viento bordavamos en medio de la bocana.
En una semana recibimos las piezas desde España, gracias a Solé Diesel, de Martorell.
Una gota de mar o la alta humedad hicieron que un pequeño chip que controla la llave de encendido se cruzara a través del óxido. Más el incordio que la reparación.

Kiku reemplazando la placa electrónica dañada.
Semana que también aprovechamos para organizar bien la estiba. Con tanta lluvia, tanta humedad y algunas gotitas que entran, también nos dió por anular filtraciones, reestructurar bien los arcones y bajar peso. Y cómo no? deshacernos de algunas cosillas, como un calefactor de 220V cuando aquí funcionan a 110V. Intentamos regalarlo, pero la gente, sudorosa, nos miraba con una cara…
Como no podíamos mover el barco del fondeo donde echamos el ancla, las olas del intenso tráfico marítimo (ésto es el canal de Panamá!) nos balanceaban de un lado al otro todo el día y toda la noche, bueno, por la noche menos. Total, un mareo…

Los prácticos y los barcos que llevan suministros a los mercantes fondeados no aminoran su velocidad al pasar por medio del fondeo de veleros
En el primer intento de ir a Bocas del Toro, disfrutamos de días buenos, buena mar y buena pesca. Aunque eso sí, tardamos cinco días en hacer noventa millas.

Barracuda de más de un metro
En este segundo intento conseguimos un poco más, o menos. Llegamos a la isla de Escudo de Veraguas.
Esta isla no destaca por sus buenos fondeos, pues su forma triangular no da refugio. Aún y así, las maravillas que esconde valen la pena.
Echamos el ancla donde marca la carta. El fondeo era incómodo, la segunda opción parecía mejor. Así que nos cambiamos. Este sí que era bueno, el mar como un espejo dos días, tan plano que pudimos cocinar una paella en la barbacoa del barco.
Excursión con el dingui. Monolitos de piedra desbordados de vegetación exhuberante que dejan laberintos de aguas azul turquesa y pequeñas calitas sólo accesibles desde el mar.

Cara norte de Escudo de Veraguas
Se acerca la noche y el viento cambia. Nos apresuramos en volver.
Pasamos a dejar un poco de paella a los indios de la isla. Por la mañana, durante su visita, nos habían explicado sus dificultades para ir al continente a aprovisionarse. Dificultades que en ese momento no entendimos, con ese mar tan plano.
La familia de indios gnobe que habita la isla observaba los rayos de la tormenta que se formaba a nuestra espalda, como quien va al cine. Nos dieron algunos consejos sobre como se comporta el mar en esa zona y nos apresuramos a ir al Socarrao a estibarlo todo por si había que salir pitando.
Aunque empezaba a llegar ola y un poco de viento, la situación seguía tranquila. Vimos una peli y después disfrutamos también de los rayos, que ya aparecían a los dos lados de la isla. Conectamos la alarma de garreo del GPS y revisamos la cadena del ancla. Y nos fuimos a dormir sobre la una.
Al amanecer, cuando salimos a cubierta, nos damos cuenta que hemos garreado. Bueno, de que estamos garreando todavía. Kiku corre a proa a por el ancla y Roser pone el motor en marcha y lo acelera al máximo. Las olas habían crecido, el viento había rolado 180 º, quedando del W, y la corriente paralela a la playa era muy fuerte.
El garreo nos había dejado encima de la rompiente y el azote de una ola hace saltar el molinete. Ahí va la mitad que faltaba! Son 70 metros de cadena al agua.
El barco toca la playa. Empieza a caer hacia estribor. Atrás, atrás!!! Pero ya no hay remedio. La siguiente ola nos tumba encima de la playa. Las cadenas de la timonería se parten y la pala del timón se clava contra la hélice.
Por el ruido que ha hecho, me da que algo importante se ha roto. El motor está clavado.
Ya en la playa, las olas siguen azotando al Socarrao por babor. Cogemos otro ancla con un cabo. La llevamos hacia tierra tirando por proa y conseguimos poner la popa hacia las olas. Así sufre mucho menos. Aunque ahora cae con la quilla y se estremece todo el barco.
El día, que ya amaneció gris, ahora era más gris. Y las olas, más grandes.
Recuperamos la cadena perdida y la llevamos al winche de babor de popa. Así conseguimos mantener unas horas más esa posición, pero sube la marea y la corriente, ayudada por la ola, se lleva la proa y el barco cae a babor.
Sacamos el ancla de la playa y con el dingui que nos había recuperado Mauricio, único habitante fijo de la isla, intentamos llevarla remando mar adentro. El fueraborda ya está roto en la playa. La primera ola nos tumba. Al segundo intento conseguimos llevarla unos 70 metros mar adentro.
Ya era por la tarde. En todo ese tiempo, el Socarrao había quedado en una situación pésima. El mar le daba de lleno y los muebles se arrancaban en el interior. Todo era un desorden, pero no entraba agua, el casco aguantaba.
Afianzamos la segunda ancla en el winche de estribor de popa y nos damos cuenta que no hemos pedido rescate a nadie. Sólo tiene cobertura el teléfono satélite. Llamamos a Marc y Judith, del Ju, que se encontraban a 50 millas, para pedir ayuda.
En la playa estaban los nueve habitantes de la isla. Mauricio preguntó si teniamos gasolina, pero al ser con mezcla, no servía. Aún y así, le pedimos ayuda. Rápidamente apareció con dos pangas con 15 CV. Tiraron de la proa y del palo del Socarrao y conseguimos ponerlo un poco más de proa a las olas, girando sobre su costado de babor, ayudado por la corriente, las dos anclas por popa y la fuerza de las olas.
Pero ellos ya no podían hacer más. Ni el mar estaba para hacerlo ni había gasolina. Si gastaban su gasolina no podrían ir al continente. Y ya llevaban diez días sin poder ir. En ese momento, nostros no sabíamos eso y se creó una cierta tensión por el tema del dinero. Nos pedían gasolina, comida y dinero. Y nosotros sólo pensábamos en salvar al Socarrao. De nada valían allí las promesas de si lo salvábamos.
Más tarde, casi anocheciendo, llegó otra panga, con 40 Cv, que nos hizo un favor mucho más grande de lo que pareció en ese momento y que ni él mismo se dió cuenta. Intentó tirar pero era inútil, así que cogió la segunda ancla, le atamos más cabo y la tiró lo más alejada de la playa que pudo.
Ahora la corriente y las olas dan al barco por estribor. Gracias al pescador que puso bien el ancla, atándola por proa, pudimos recuperar cabo y poner proa a la ola. Aunque para que el barco virara, tuvimos que abandonar el ancla principal con toda la cadena.
Cae la noche intentando recuperar cabo del ancla y también se rompe la parte manual del molinete. Hacemos unos reenvíos a los winches del palo mayor. Conseguimos recuperar lo suficiente para enfrentar las olas por proa, aunque el barco golpea la arena con la quilla.
A media noche llega una lancha de la Aeronaval de Chiriquí Grande. Ya nos había avisado Marc que enviaba ayuda, pero que el día estaba muy malo.
Pasamos cabos a la lancha, tiraron hasta que rompió la gatera, pero en medio de la noche todos los gatos son pardos y es muy difícil hacer estas cosas. Preguntaron por nuestra salud y nos avisaron que ellos sólo tenían orden de salvar las vidas humanas, que era muy arriesgado seguir estirando, que teníamos que abandonar el barco y marchar con ellos.
Nosotros nos negamos a abandonar el barco. Pero uno de nosotros debía ir a buscar ayuda al continente. Así que Roser se fue con la lancha de la Aeronaval y Kiku se quedó a velar por el barco.
El ancla de proa con los cabos seguía aguantando y los tirones de la Aeronaval habían hecho que el barco basculara hacia al lado de estribor y empezar a recibir las olas por babor. Recogimos cada uno lo que necesitaba para dejar el barco y poniendo la lancha proa por proa, en una maniobra arriesgada, Roser abandona el Socarrao.
Ya habíamos bajado a la playa algunas cosas que íbamos a necesitar para pasar la noche, sobretodo abrigo y comida. Aún y así, cogí más comida del barco y me acordé de lo que decían los indios. Pensé que no habíamos sacado suficientes cosas del barco, así que volví y vacié todos los depósitos de agua y las sentinas. Revisé las vías de agua. El barco todavía aguantaba.
Estaba muy cansado y no podía hacer más por él. Me instalé en la playa, hice un fuego y en seguida llamó Marc.
Qué? Cómo estás? Cómo lo ves? La Aeronaval no ha podido hacer nada? Qué Roser va para Chiriquí, no? Aquí hoy no se puede hacer nada más. Los barcos que encontramos son pequeños y hace mala mar. Ahí cómo está? Que no vaya, que está muy mal, ya, ya. Que el barco se va a perder? Sí, sí. He mirado el parte. Mañana dan peor. Se está formando una borrasca muy fuerte en Costa Rica y envía los vientos directos hacia allí. Mucha fuerza para ti y ánimos. Mañana, con Pep, iremos a buscar más soluciones. Estamos en contacto.
Amontoné todas las cosas dentro del dingui, comí unas galletas. Llama Roser. Que no hay saldo? Remolcador? Chiriquí? No se oye bien. Que haces una perdida con otro teléfono y yo te llamo?
Pero el número no quedó grabado y no pude devolver la llamada. Me tumbé encima de todas las cosas y allí me quedé dormido.
En la lancha de la Aeronaval hacía frío, no era para menos con los más de 20 nudos de velocidad que le permitían sus 800 CV.
Saltando las olas, veía alejarse la lucecita del Socarrao. Durante toda la travesía, Josué, el capitán de la lancha, estuvo animándome y ofreciéndose a ayudar. También me explicó que en Chiriquí Grande había una empresa petrolera que tenía remolcadores de 3000 CV. Cuando llegamos, tres horas después, habló con los marineros del remolcador y el gerente de turno de la petrolera, pero no había nada que hacer hasta la mañana.
Llamo a Kiku. Se oye fatal. No tengo saldo suficiente en el móvil panameño para llamar al satélite y sólo consigo entender que el Socarrao aguanta y decirle que mañana hay la posibilidad de un remolcador.
Los de la Aeronaval se portan muy bien conmigo, me dan de comer, un lugar donde dormir y me prometen que mañana, a las 7 en punto, vamos a hablar con los de la petrolera.
Me despierta la lluvia. Está justo amaneciendo. Voy corriendo al Socarrao. El cabo del ancla se partió durante la noche y ahora el barco está como al principio, pero ha recorrido por la playa unos cuantos metros. La marea está en baja y no golpea mucho.
En seguida vino Mauricio. Ya más tranquilos que el día anterior, pudimos hablar un momento con calma. Me disculpé por cómo le hablé el día anterior y que me irrité porqué venía a pedirme dinero en una situación así. Él me explica que también estan en una situación complicada porqué hace diez días que no pueden aprovisionarse y que el día anterior había ayudado por la mañana a otro barco y por la tarde a nosotros, agravando más su situación. Que ahora, lo que teníamos que hacer era sacar todo lo que pudieramos del barco, sobre todo la comida, que el mar iba a cubrir la playa.
Entré en el barco y revisé las vías de agua. Todavía aguantaba, no entraba agua. Saqué comida para Mauricio y su familia, pero ellos ya estaban desenterrando un nido de tortuga que había puesto los huevos al lado de donde yo había dormido.
Saqué las velas para que el viento empujara el barco hacia la playa, lo mantuviera firme contra la arena y así aliviar el impacto de la ola. La operación tiene éxito y el barco descansa en la arena.
Mauricio vuelve a ofrecerme su ayuda. Le pregunto por el nido de tortuga que ha desenterrado. Viendo que el barco todavía no está roto y que hay un momento de calma, me explica, relajándome y dándome ánimos a la vez, que él es el responsable de esa isla y que lo hace voluntariamente desde hace 14 años. Que en esa isla desovan las tortugas y él debe cuidar también de ellas, porqué es el responsable de lo que sucede en la isla, también de lo que me pase a mi. En acuerdo con un programa de preservación de las tortugas, cada día desentierra las puestas, anota los huevos, elimina los dañados y lo vuelve a enterrar. Todo ello lo hace sin cobrar. Pero que si le hubiera dado comida la noche anterior, ahora no se hubiera comido los huevos. Pero que eso ahora no era importante, que el mar iba a cubrir la playa y mataría todos los huevos de los nidos.
En la Aeronaval de Chiriquí siempre hay alguien de guardia, así que cuando me levanté a las seis de la mañana, me recibieron con un copioso desayuno. A las siete fuimos, con el capitán y el teniente, a hablar con los de la petrolera. Aunque ellos pidieron ayuda como si fuera para la Aeronaval, el gerente de la petrolera nos quitó la esperanza de conseguirla gratis. Tal vez la petrolera de Almirante pudiera mandar un remolcador.
Llamo a Kiku (ya habían abierto los chinos y pude comprar todas las recargas de que disponían) para informarle del fracaso, pero que existen más alternativas.
Continuo, siempre apoyada por la Aeronaval, buscando un remolcador para sacar al Socarrao de la playa.
La petrolera de Almirante tampoco puede ayudarnos, ya que ha llovido mucho y hay una lago a punto de desbordarse y arrasar sus instalaciones. Quieren conservar todos sus recursos disponibles por si sucede la catástrofe.
Sólo queda la opción de encontrar un remolcador privado y pedir precio. Encontramos uno, pero antes de la respuesta quieren papeles. Habló el capitán, hablé yo y mandamos faxes arriba y abajo. Con las malas comunicaciones que hay por aquí, cada trámite me parecía eterno y sólo pensaba en Kiku en la playa, luchando por mantener el Socarrao en las mejores condiciones que cabían.
Mientras, hablo con Marc por teléfono y me dice que Pep tiene preparadas dos lanchas de 75 CV, pero que ahora mismo no se pueden mover por el temporal. Pero yo pienso que si anoche no pudieron sacar el barco con 800 CV, cómo iban a hacerlo con 150 CV? Así que le digo que vamos a esperar al remolcador.
A las tres de la tarde, era viernes, llega por fin la respuesta. 7.200 dólares! Que dineral!
Llamo a Kiku para darle las noticias. Te parece carísimo, no? Que el barco tiene grietas? Pero no entra agua. Igual pagamos y lo perdemos de todas formas. Vamos a tirar por la opción de Marc, que dice que saldrían mañana por la mañana. Parece que entonces aflojará. Te llamo.
El Socarrao, mientras tanto, sigue acostado en la playa en su banda de estribor. Las olas ganan fuerza y el barco empieza a ser azotado cruelmente. Pensé que era el final. Pero las olas y las velas empiezan a mover la proa y el barco empieza a girar sobre si mismo otra vez y vuelve a apoyarse en babor.
Saco la mayor y la mesana. Las cazo todo a la contra que puedo para que el viento, muy paralelo a la playa ahora, empuje el barco hacia el mar. Pero todo lo que consigo es que el barco se arrastre un poco más por la playa. Las olas son muy grandes, están inundando la playa y el Socarrao, pero le dan algo de flotabilidad. La marea se está llevando la arena y el Socarrao se está hundiendo en ella.
A media tarde, el barco volvía a estar proa al mar y luchaba por sobrevivir. Pensé que alguna de esas olas lo sacaría, porqué a 50 metros de allí, la playa empezaba a girar y la corriente y el viento nos sacarían. Mauricio dice que es posible que salga, que la corriente ha cogido la dirección correcta.
Pero ya anocheciendo, una ola tumba al Socarrao otra vez de estribor, cayendo estrepitosamente en la playa. Prácticamente lo deja en seco. No se podía hacer más. Acabo de recoger las velas ya de noche.
Durante el día había montado la tienda de campaña, pero la subida de la marea me obliga a canviarla de sitio y recoger todas las cosas de la playa, que ya estaban en el agua. Enciendo un fuego en el nuevo campamento. Pero la continua crecida de la marea me lo apaga y me obliga a realojarme. Y así, otra vez más. Hasta que me instalé al lado de la selva.

Reculando
Un último vistazo al Socarrao antes de dormir. Pensé que tal vez el mar lo destrozaría, se lo llevaría a trocitos y no lo vería nunca más.
En Chiriquí, después de renunciar al remolcador, hablo con Marc para organizar el rescate. Saldrán de Bocas del Toro las dos lanchas de 75 CV y posiblemente otra más de 200 CV, pero todavía lo están negociando pues se trata de un taxi y nadie quiere correr riesgos.
Sería importante conseguir que los de la Aeronaval me llevaran de vuelta a Escudo de Veraguas y así disponer de sus 800 CV. Para eso debían solicitar permiso a un jefe más poderoso que el capitán. Llamadas y fax otra vez, pues es difícil que se autoricen dos salidas para el mismo rescate, teniendo en cuenta que para la primera vez habían gastado 400 galones de gasolina, unos 1500 litros. Pero la implicación desde Bocas animó a los de la Aeronaval ( y viceversa) y autorizaron la salida.
Así se creó el grupo de rescate. Marc averiguó la hora de la creciente para la mañana siguiente, de 8 a 9 y tan sólo 27 cm. Quedamos en vernos a las 7 de la mañana en la isla.
Me levanto temprano, aún es de noche. Voy a prepararlo todo. Roser me llamó anoche y me explicó lo del rescate. En un par de horas están aquí.
El día está más tranquilo y parece que va a salir el sol. Despejo la cubierta y preparo los cabos más gruesos que me quedan, pues hemos perdido ya los mejores. Estibo lo que ronda por el interior y el resto lo encierro en un camarote. Achico la sentina y veo que el barco no tiene agua, aunque se aprecian grietas serias en el casco. Ánimo Socarrao!
Al rato aparece Roser con los de la Aeronaval y empieza la función. Detrás de ellos, Pep, Marc y Judith aparecen con las dos pangas de 75 CV y cinco chicos altos y fuertes.

Kiku, Pep y Marc preparando cabos

Así amaneció el tercer día
Marc coge la iniciativa tal como toca la playa y dirige la operación como si le fuera su barco. Instalamos los cabos para que la lancha de 800 CV estire por proa. Ellos estiran, nosotros empujamos. El barco se mueve, pero los cabos se rompen y las cornamusas saltan.
Marc propone rodear el casco del barco con los cabos para poder tirar más fuerte. Volvemos a largar cabos a la lancha, nadando contra las olas y la corriente, tarea nada fácil, pero todos los que vinieron lucharon a nuestro lado dándolo todo.

Acercando el cabo a la lancha
Tiramos y empujamos muchas veces, no sabemos cuantas, alternando proa y popa. En cada intento se movía un poquito, hasta que se partían los cabos, también los que trajo Marc y que fueron de vital ayuda.

Poco a poco, el Socarrao se va moviendo
A las horas, el Socarrao volvía a tener la proa hacia el mar y las olas empezaban a ayudarnos. La posibilidad de reflote aumentaba. Contactamos con la lancha por la VHF del barco para ponernos de acuerdo en el momento de estirar y aprovechar la subida del agua por la ola.

Venga! Un empujón más!
La ola llega, la lancha estira, todos empujamos y allá va el Socarrao, flotando de nuevo.
La lancha no desacelera. Dejo de empujar y me subo al barco. Miro la sentina. Está llena de agua. La bomba está funcionando. Preparo la manual y empiezo a achicar. Pero la bomba eléctrica es suficiente. No hay vías de entrada en el casco.

Celebrando el reflote en la playa
Me llevan mar adentro y allí esperamos a que vengan los demás con las pangas. Llegan enseguida, con todas las cosas de la playa a bordo.

Reunión en el mar
Evaluamos la situación entre todos. El barco flotaba sin vías, el motor estaba clavado, pero teníamos gobierno con la barra de fortuna del timón. La jarcia y el velamen estaban intactos.
La Aeronaval no podía remolcarnos hasta ningún puerto, así que nos despedimos muy agradecidos por su implicación y ayuda.
Una de las pangas empieza a estirar, pero la corriente es muy fuerte. La propuesta de ir al fondeo seguro más próximo, Bahía Azul, se vuelve imposible. Corremos el riesgo de gastar toda la gasolina y no llegar. Es un riesgo que los dueños de las pangas no quieren correr, ya que nos puede poner en peligro a todos. Lo más sensato es dejarse llevar por el viento y la corriente y volver a Colón, aunque esté mucho más lejos. De todas formas, es el único puerto donde hay grúa.
Pensando en todo, Judith había traído un taper lleno de macarrones con carne, gasolina imprescindible para lo que nos esperaba.

Gracias Ju. Qué ricos!
Nos despedimos con abrazos y lágrimas en los ojos, con la promesa de volver para agradecerlo. Mientras subíamos las velas, vimos alejarse por la popa a los rescatadores de nuestro barco.
El barco está impracticable, mojado y herido. Sacamos el mínimo trapo para no forzar la estructura y pasar una noche cómoda, pero izamos todas las velas. Estamos muy cansados y ni siquiera se puede dormir adentro.
Nos acomodamos en la bañera, sentimos la tranquilidad que nos da a los marinos alta mar y vemos como se aleja Escudo de Veraguas.
Un río de lágrimas inunda nuestros ojos, empiezan a doler los golpes y reflexionamos sobre algo que no entendemos. Nos sentimos como niños. Tan bien y tan mal a la vez.
No supimos entender las señales del mar ni los consejos de los indios. Quizás no tomamos las precauciones necesarias. Quizás nos confiamos.
Hicimos lo que creíamos que teníamos que hacer. Luchamos por nuestro barco, por nuestro sueño. Y ahora navegamos.
El barco estuvo 55 horas arrastrando por la playa. Felicidades a Belliure por su construcción. Muchos datos quedan en el aire. Cuántos metros se arrastró por la playa? Por qué no pitó el GPS? Cuántos nudos de viento? Cuán fuerte era la corriente? A qué hora sucedió cada cosa? La verdad es que no lo sabemos. Fue todo tan intenso y tan confuso…
Poquito a poco, la corriente y el poco viento nos empujan hacia Colón. Hemos conseguido un mínimo orden, comer un poco y descansar otro poco.
Contactamos con un marinero español que habíamos conocido en San Blas y que se encontaba en el puerto de Colón. Le pedimos si podía buscarnos un remolque para entrar en la bahía y en el puerto. Todo queda hablado.
Pasamos la noche tranquilos, aunque con lluvias. Amanece soleado. Y al ratito de salir el sol, empiezan a llegar pájaros al barco. La tormenta los había arrastrado mar adentro y llegaban extenuados. El segundo en llegar nos muestra su desespero y nos pide comida de la boca con su pico. Dejando salir un poco de saliva entre los labios, ella se apresura a beberla.

Otro viajero con problemas
Le pusimos de nombre Hoja, porqué era verde, creemos que una hembra y también nos picaba en los ojos. Masticábamos en nuestras bocas la comida y se la dábamos boca-pico.

Boca-pico
Otros pajarillos se animaron al ver la confianza que nos tenía Hoja. Se alimentaban, bevían, descansaban y retomaban vuelo hacia el continente. Pero Hoja se quedó con nosotros. A las horas, ella también alimentaba con su pico a los demás pájaros, indicando a los recién llegados dónde estaba la comida.

Explicándonos los problemas
Así estuvimos ocupados todo el día, sin pensar en lo que había pasado, y por la noche ya estábamos llegando a Colón.
Llamamos por teléfono para anunciar nuestra llegada. Pero nadie contesta. El marinero con el que habíamos hablado una hora antes, no cogía el teléfono. Insistimos, pero nada, salta el contestador. No nos podíamos creer que una persona del mar, a quien habíamos ayudado antes, nos dejara en esa situación.
Por segunda vez nos vemos entrando por la bocana de Colón a vela, pero ésta también sin timón. El viento era más flojo que la vez anterior y había más tránsito de mercantes. Los bordos para cruzar nos llevaron hasta el amanecer.
Cansados y enfadados intentamos acercarnos lo máximo a la entrada del puerto. Pero el viento, que anteriormente nos paraba la escollera, ahora, en el interior, nos echaba hacia ella.
Preparamos el ancla que nos había dejado Marc con un cabo y la echamos al agua. Pero el poco peso, sin cadena, nos hace garrear directos a las piedras. Son las 6 de la mañana y nadie contesta ni al teléfono ni a la VHF. Pese a todo, el ancla aguanta lo suficiente hasta que una barca sale del puerto. A gritos y señas conseguimos que se acerquen y aceptan remolcarnos unos metros más lejos. Colgamos todos los pesos que tenemos en el cabo y esperamos a que abran en la marina.
A las 8 podemos comunicar con ellos. Avisan a Martin, otro marinero argentino que apenas nos conoce y llevaba toda noche esperándonos. En menos de cinco minutos está remolcándonos con su dingui. Y en cinco minutos más, estamos bien amarrados en puerto.
Muchas veces hemos llamado a nuestro barco la tortuguita, pues tiene fama de lento. Por algun motivo se comportó como ellas. Queremos volver a esa playa. Ver si esas puestas nacerán y llegarán al mar, como lo hizo el Socarrao.
Y no tenemos mucho más que decir sobre este tema. Sólo dar las gracias a los que nos han ayudado, sobre todo a Pep, Marc y Judith.

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